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viernes, 9 de octubre de 2015

La Nahual de Coyoacán

Hace mucho tiempo existía una bella doncella, quien se había casado con el joven más guapo del pueblo. Todos decían que eran la pareja ideal. Cierta mañana su compadre le preguntó: 
“¿qué tal es tu mujer?” 
“Excelente además de bella una estupenda cocinera. Lo que no me acaba de agradar es que desde que nos casamos me prepara moronga.” 
Esto extraño al compadre, quien al día siguiente regreso y le dijo: 
“compadre no es por chismear, pero a mí me dijeron que eso es malo. Pregúntele a la comadrita el porqué.” 
Acto seguido se fue el hombre y cuestiono a mujer: 
“oye amor ¿porque siempre desayunamos moronga?” 
“es porque mi padre es dueño del rastro y lo que no se vende nos lo repartimos entre los hijos, a mi hermano mayor lo tocan las viseras, a mi hermana las patas, y a mí la sangre... por eso.” 
El hombre quedo complacido con dicha explicación. Sin embargo el compadre se presento asustado, comentándole que en el pueblo todos sabían que ella era una bruja y que por ello nadie le desposaba. 
“mejor espíela compadre... espíela... y vera de dónde saca la moronga.” 
Así lo hizo y tempranito en la mañana antes de que el sol saliera, vio cómo su mujer se levantó y camino hacia la cocina... A través del fogón vio la figura de su esposa. La cual ante sus ojos y sin percatarse de ser vista, se empezó a quitarse la piel y convertirse en una bola de fuego... El Joven quedo impactado sin habla, corrió a ver a su compadre y contarle lo que había visto... 
“Compadre.... compadre... salga rápido por favor.” 
Gritaba el joven, quien al ver a su compadre sin mediar palabra le tomó del brazo y se lo llevo a su casa. Ahí encontraron la piel de su esposa, el compadre al verla se quedó sin habla, más en un momento de lucidez le dijo: 
“quemémosla, así no podrá regresar y así ya no seguirá matando a más niños” 
Y así lo hicieron. Quemaron la piel de la joven, quien al regresar y no encontrar su piel gritaba enfurecida y al mismo tiempo asustada pues la mañana se acercaba y el sol empezaba a verse en el horizonte. El joven escondido y muy asustado vio cuando los primeros rayos del sol quemaron a su esposa.
…y este fue el fin de la nahual de Coyoacán.

jueves, 24 de septiembre de 2015

El Cocay

En un terremoto, del que pocos saben sus secretos, los dioses bajaban a la Tierra; los hombres aún no se distanciaban de ellos, por lo que acudían, si se les invitaba, en rituales. Había uno que tenía todos los recursos para sanar de cualquier mal a los que se lo pidieran, fuese por calor o viento, por caída o herida, por edad o sentimiento. 
Los animales del monte convivían con él cuando buscaba la hoja o la flor para un emplasto o para masticarla o tomarla hervida en agua. Sus huellas se unían bajo los árboles, y en las cuevas los murciélagos batían sus alas para refrescarlo en los días de canículas. 
El Venerable Ser traía en el pecho,colgada de un hilo, una piedra verde, con cuya luz realizada las curaciones más delicadas. Una ocasión que había llovido durante horas,resbaló en un charco, y al caer, el hilo se reventó al atorarse en una rama. Y la piedra se perdió. Él no se dio cuenta sino hasta mucho tiempo después, cuando llegó a su morada en los acantilados del espejo de agua subterráneo. Regresó al monte y trató de recordar dónde había resbalado. No pudo establecer el sitio con precisión y empezó a examinar con cuidado los lugares por donde había pasado. La piedra era un pequeño jade y no emitía destellos más que en sus manos. Levantó una a una las hojas húmedas; fue infructuoso. Los animales,viéndole en tal apuro, le ayudaron. La vegetación estaba alta y tupida y no fue fácil. Un venado creyó encontrarla y la tomó, entusiasmado; luego vio que en el lugar había más y llamó al dios. 
El Venerable Ser le agradeció profundamente la ayuda, pero se sorprendió de que la piedra no fuese verde, sino ¡roja! Y las demás también. No era común que los venados confundieran los colores, pero éste padecía un mal que el dios se aprestó a corregir. Sin embargo,para completar su trabajo era indispensable la piedra. 
Las liebres eran tan veloces que no buscaban con detenimiento; las alas de las aves se enredaban en los bejucales y varias plumas quedaron atoradas en los abrojos. El jaguar, soñoliento, se dio por vencido. Los monos se distraían y no lograban hallar nada. Las culebras también contribuyeron, pero asustaban a los roedores, que temiendo algún exabrupto de los reptiles, mejor se escondían. Y llegó la noche.

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