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viernes, 11 de septiembre de 2015
Panteón Jardines del Recuerdo
Aunque este panteón se encuentra en las afueras de la Ciudad de México, (Tlalnepantla), y la siguiente leyenda se desarrolle en ese lugar,es un relato bastante increíble...
La noticia de la muerte del padre Anselmo Martinez se extendió rápidamente por toda la colonia donde vivía. Tenía 84 años de edad, de los cuales los 10 últimos los había pasado en México, pues quería morir aquí, de manera que pidió a su orden permiso para vivir los años de su jubilación en nuestro país. Fue quizás el sacerdote más querido; continuamente se le veía visitando enfermos y caminando por las calles de la colonia saludando a su rebaño, pues era un pastor de almas. Hasta el último día de su vida se preocupó por cumplir con sus obligaciones, repartiendo las despensas y dinero a los necesitados; en la noche entregó su alma al Creador. Fue un funeral memorable, asistió mucha gente, incluso aquellos que no formaban parte activa de la iglesia. La tristeza en el ambiente era generalizada y casi tangible.
El cuerpo del padre Anselmo fue colocado cuidadosamente en el centro de la iglesia, al pie del altar, para que los feligreses rindieran un último homenaje a tan buen hombre. Toda la colonia se movilizó en autobuses, microbuses, taxis y autos particulares para acompañar al padre Anselmo a su última morada en el Panteón Jardines del Recuerdo. Nadie había visto un cortejo tan numeroso, incluso los sepultureros pensaron que el fallecido era un político, otros que un narcotraficante, pero no supieron su identidad hasta que días después, ya acomodada la tierra, se colocó la lápida que decía:
"R. P. Anselmo Martinez, mantenemos sus restos entre nosotros, su alma ya con Dios está".
Tiempo después los sepultureros empezaron a notar actividad extraña cerca de la tumba del padre Anselmo, pues pese a poner tanto empeño en cuidar el pasto de la tumba, este siempre aparecía maltratado por pasos. A menudo se observaban también dos círculos, los sepultureros pensaron que quizás la gente que visitaba la tumba era la responsable de estas marcas y por ello se quedaban cerca para revisar que no pisaran el pasto. No obstante, nunca vieron a algún visitante pisar la tumba ni maltratar el pasto y mucho menos el objeto con el que marcaban los misteriosos círculos. Una noche, Vicente Cortés uno de los jardineros encargados de la sección del padre Anselmo, decidió quedarse a cuidar, pues todos creían que las marcas eran de un bromista. Nada raro vio Vicente.
Cuando casi eran las 2 de la mañana, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, algo helado había pasado a su lado, su piel se había erizado, sus pies inmóviles no respondieron a sus impulsos de correr. La sombra que había pasado junto a él se detuvo frente a la tumba del padre Anselmo, ante la mirada aterrorizada de Vicente, esta se arrodilló y se mantuvo así un gran rato. Vicente estaba parado en un rincón del muro donde terminaba el jardín en el que reposaban los restos del padre. Observaba en dirección a la tumba; su terror había pasado y se había convertido en curiosidad, pues ahora que sus ojos ya se habían acostumbrado a diferenciar la sombra de la oscuridad del panteón, pudo distinguir que parecía pertenecer a un hombre, pues era esbelta y alta. Después de lo que a Vicente le pareció una eternidad,la sombra se levanto y regreso; cuando paso junto a él, sintió ese frío que se colaba en sus huesos. Fue entonces que Vicente se pasó a retirar a su casa, en la parte superior del panteón. Al día siguiente, todo lo que había visto le pareció un sueño, o quizá el fruto de su imaginación. No quiso contar la historia por miedo. Al llegar al jardín para podar el pasto, se acerco a la tumba del padre Anselmo, ya no se sorprendió al encontrar los círculos y supuso que correspondían al lugar donde permanecían hincados.
La noche siguiente Vicente salió de su casa, eran las 11, y así dieron las 12 en su reloj, a su lado volvió a pasar una sombra oscura, nuevamente sintió miedo, la sombra se arrodilló ante la tumba del padre Anselmo, el se armó de valor y se acercó a escuchar, pero al oír algunos murmullos,su miedo pudo más y se echó a correr. Se dice que la bondad y el espíritu de servicio característicos del padre Anselmo, son la causa por la que muchas almas vecinas que comparten el mismo lugar de descanso buscan la confesión con el sacerdote, y entre algunos sepultureros aseguran que el alma del padre Anselmo todavía sirve a su prójimo aún después de muerto.
miércoles, 9 de septiembre de 2015
El difunto ahorcado
El domingo 7 de marzo de 1749, en la Ciudad de México, por el Palacio del Arzobispado; los habitantes vieron pasar a una mula, en la que iba montado un indígena y este sostenía a un caballero para que no se cayera. Tal caballero era el cadáver de un portugués y haciéndoles compañía iba a su lado el pregonero, a la usanza de la época, tocando la trompeta para hacer público el delito que dicho hombre había cometido.
Los habitantes de México se enteraron que hoy día domingo, a las siete horas de la mañana, mientras oían misa los presos en la cárcel de la Corte, este hombre se hizo el enfermo, y se quedó en la enfermería; el cuál estaba en la cárcel porque había asesinado al alguacil del penal de Iztapalapa, y sin que nadie lo sospechara ni lo viera se ahorcó. Cuando terminó la misa, lo buscaron los carceleros encontrándolo sin vida; informaron éstos a los alcaldes de la Corte, los cuales hicieron las averiguaciones correspondientes para saber si había algún cómplice en este delito, se pidió licencia al Arzobispado para que se ejecutará la pena capital, a la que había sido condenado por el crimen que había cometido.
Pero ese día se festejaba el Día del doctor Tomás de Aquino y no se permitían las ejecuciones; pero por los delitos cometidos, concedió la comunidad eclesiástica se realizara en la plaza Mayor, como escarmiento para todos aquellos que cometieran los mismos actos. Todo lo presenció el pueblo, pues bien sabían que la Inquisición ponía en manos de la autoridad civil al reo, pues quemaban la imagen si se se encontraba ausente, o en su caso, se desenterraban los huesos si ya estaba muerto. Después de pasear el cadáver por toda la ciudad, la comitiva y el portugués hicieron alto en la Plaza Mayor y el difunto fue ahorcado frente al Palacio Real.
Todo el procedimiento se ajustó al ajusticiamiento de los vivos, a excepción de no llevarles el Cristo de Misericordia, que era costumbre para ejecutar a los sentenciados, pero siempre y cuando no fueran suicidas o impenitente como era el caso del portugués. Después de realizada la ejecución, comenzó a soplar un viento tan fuerte que las campanas de la iglesia se tocaban solas, las capas y los vestidos de las personas presentes, así como los sombreros volaban con fuerza. Era tal la superstición de la gente diciendo que ese aire tan fuerte era porque el portugués tenía pacto con Satanás y que ese caballero era el mismísimo diablo.
La gente curiosa, se acercaba y le hacía cruces, los jóvenes lo apedrearon toda la tarde, hasta que los ministros dieron la orden de llevarse al ahorcado a San Lázaro, donde fue arrojado a las aguas sucias y pestilentes del lago.
Los habitantes de México se enteraron que hoy día domingo, a las siete horas de la mañana, mientras oían misa los presos en la cárcel de la Corte, este hombre se hizo el enfermo, y se quedó en la enfermería; el cuál estaba en la cárcel porque había asesinado al alguacil del penal de Iztapalapa, y sin que nadie lo sospechara ni lo viera se ahorcó. Cuando terminó la misa, lo buscaron los carceleros encontrándolo sin vida; informaron éstos a los alcaldes de la Corte, los cuales hicieron las averiguaciones correspondientes para saber si había algún cómplice en este delito, se pidió licencia al Arzobispado para que se ejecutará la pena capital, a la que había sido condenado por el crimen que había cometido.
Pero ese día se festejaba el Día del doctor Tomás de Aquino y no se permitían las ejecuciones; pero por los delitos cometidos, concedió la comunidad eclesiástica se realizara en la plaza Mayor, como escarmiento para todos aquellos que cometieran los mismos actos. Todo lo presenció el pueblo, pues bien sabían que la Inquisición ponía en manos de la autoridad civil al reo, pues quemaban la imagen si se se encontraba ausente, o en su caso, se desenterraban los huesos si ya estaba muerto. Después de pasear el cadáver por toda la ciudad, la comitiva y el portugués hicieron alto en la Plaza Mayor y el difunto fue ahorcado frente al Palacio Real.
Todo el procedimiento se ajustó al ajusticiamiento de los vivos, a excepción de no llevarles el Cristo de Misericordia, que era costumbre para ejecutar a los sentenciados, pero siempre y cuando no fueran suicidas o impenitente como era el caso del portugués. Después de realizada la ejecución, comenzó a soplar un viento tan fuerte que las campanas de la iglesia se tocaban solas, las capas y los vestidos de las personas presentes, así como los sombreros volaban con fuerza. Era tal la superstición de la gente diciendo que ese aire tan fuerte era porque el portugués tenía pacto con Satanás y que ese caballero era el mismísimo diablo.
La gente curiosa, se acercaba y le hacía cruces, los jóvenes lo apedrearon toda la tarde, hasta que los ministros dieron la orden de llevarse al ahorcado a San Lázaro, donde fue arrojado a las aguas sucias y pestilentes del lago.
martes, 8 de septiembre de 2015
La Llorona
Según la tradición mexicana, la leyenda de la Llorona nace donde hoy se encuentra la Ciudad de México.
Existen dos versiones conocidas. La primera, la más conocida y difundida en México, cuenta que hubo una mujer indígena —mestiza en algunas versiones— que tuvo un romance con un caballero español. Como fruto de esta pasión nacieron tres niños, a quienes la madre amaba, cuidaba y protegía. Cuando la joven comenzó a pedirle al caballero que la relación fuera formalizada, este la esquivaba, quizá por temor al qué dirán. Algún tiempo después el hombre dejó a la joven y se casó con una dama española de alta sociedad. Cuando la mujer se enteró, dolida y totalmente desesperada, asesinó a sus tres hijos ahogándolos en un río o apuñalándolos, según otra versión. Luego se suicidó porque no soportó la culpa. Desde ese día se escucha el lamento lleno de dolor de la joven en el río donde se quitó la vida. Luego, ya establecido México, empezó un toque de queda a las once de la noche y nadie podía salir. Es desde entonces que dicen que se escucha un lamento cerca de la plaza de la Patria y que, al ver por la ventana quién llama a sus hijos con tanta desesperación, se ve una mujer vestida enteramente de blanco, delgada y que se esfuma en la Presa Calles.
La segunda versión, que precede a la anterior, es poco conocida, pese a que es la más antigua de todas las leyendas de la Llorona. Cuenta que, antes de la llegada de los españoles a lo que ahora es México, la gente que habitaba la zona del lago de Texcoco, además de temerle al dios Viento de la Noche (Yoalli Ehécatl), podía escuchar en las noches los lamentos de una mujer que estaría por siempre vagando y lamentando la muerte de su hijo y la pérdida de su propia vida. La llamaban Chocacíhuatl —del náhuatl choka, 'llorar', y cihuatl, 'mujer'. Era la primera de todas las madres que murió al dar a luz. Allí flotaban en el aire las calaveras descarnadas y separadas de sus cuerpos (Chocacíhuatl y su hijo), cazando a cualquier viajero que hubiese sido atrapado por la oscuridad de la noche. Si algún mortal veía estas cosas, podía estar seguro de que para él esto era un presagio seguro de infortunio o incluso muerte. Era esta entidad una de las más temidas del mundo nahua desde antes de la llegada de los españoles. Fray Bernardino de Sahagún recogió la leyenda de Chocacíhuatl en su obra monumental Historia general de las cosas de Nueva España (1540-1585) e identificó a este personaje con la diosa Cihuacóatl. Según el Códice Aubin, Cihuacóatl fue una de las dos deidades que acompañaron a los mexicas durante su peregrinación en busca de Aztlán y, de acuerdo con la leyenda prehispánica, poco antes de la llegada de los españoles emergió de los canales para alertar a su pueblo de la caída de México-Tenochtitlán. Vagando entre los lagos y los templos del Anáhuac, vestida con un vaporoso vestido blanco y sueltos los negros y largos cabellos, lamentaba la suerte de sus hijos con la frase: «¡Aaaaaaaay, mis hijos! ¡Aaaaaaay, aaaaaaay! ¡Adónde iréis! ¡Adónde os podré llevar para que escapéis a tan funesto destino, hijos míos! ¡Estáis a punto de perderos!... Después de la Conquista de México, durante la Época Colonial, los pobladores reportaban la aparición del fantasma errante de una mujer vestida de blanco que recorría las calles de la Ciudad de México lanzando tristes alaridos, pasando por la Plaza Mayor (antigua sede del destruido templo de Huitzilopochtli, el mayor dios azteca e hijo de Cihuacóatl), donde miraba hacia el oriente, y luego siguiendo hasta el lago de Texcoco,donde se desvanecía entre las sombras.
Ubicación:
México, México, Meksiko
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